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CURSO "LAICOS Y MUNDO" / Coloquio Tema 8

Curso "LAICOS Y MUNDO" (enero - junio 2026)

1.- Saludo y felicitación en el nuevo año. 

Reflexiones previas:

  • Lo más positivo hemos vivido en estas Navidades
  • Lo más inquietante
  • Los gestos más significativos que vemos hoy en la orientación de la Iglesia

 

2.- Seguimos teniendo como base el libro "El Evangelio en una sociedad laica".

TEMA: 

Cómo entender el humanismo (PP. 41-51)
Dignidad de la persona humana (pp.41-42)

 

CUESTIONES PARA REFLEXIÓN 

  • ¿Cómo brota en la modernidad el reclamo por la dignidad de la persona?

  • Manifestaciones de ese reclamo en la actualidad

  • En qué se fundamenta esa dignidad desde una mirada secular

  • ¿Ves algún fundamento de esa dignidad en el Evangelio?

  • En qué ámbitos de nuestra sociedad o de la Iglesia crees que hoy está pendiente ese reclamo.

 

Lectura del libro recomendado:

3. Cómo entender el humanismo

“Persona significa lo perfectísimo en toda la creación, pues subsiste en sí misma como naturaleza racional” (I,29,3 corp).

“El principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana” (Vaticano II GS, n.25) 

Tomás de Aquino se sirve de la filosofía griega para ofrecer de modo razonable la fe o experiencia cristiana. En esa filosofía el ser humano es interpretado como un ser racional sometido a las leyes generales del cosmos. Pero Tomás da un cambio poniendo al ser humano como centro y medida de todas las cosas; tiene la capacidad de reflexionar sobre sí mismo y sobre todas las realidades, haciéndose de algún modo “todo ser”.  Abre así las puertas a la subida del individuo que sale de anonimato en las instituciones medievales, y sienta las bases para los humanismos de la modernidad.

Esa centralidad del ser humano como sujeto singular entre todas las realidades creadas, según visión de Santo Tomás, proviene de ser imagen de Creador, cuya presencia constituye de algún modo radicalmente al ser humano; abre nuestro entendimiento al infinito y estimula desde dentro a nuestra voluntad. El antropocentrismo se fundamenta en el teocentrismo. En la subjetividad humana puja “un exceso” que la lleva siempre más allá. En consecuencia, el humanismo entendido como proyecto y empeño de que la persona humana sea centro y fin, necesita recurrir a esa instancia transcendente.

También aquí, según a fe cristiana, Jesucristo es la referencia. Experimentó de modo único y singular la presencia del “Abba”. Desde esa intimidad, fue hombre libre y totalmente para los demás. Ante tradicionalismos religiosos de ritos y prácticas, fue sincero consigo mismo; no decía otra. La persona humana es centro, capaz de pensar y decidir por sí misma; su vida digna es antes que todas las normativas, aunque sean religiosas. Pero no es centro absoluto: el que se cierra en sí mismo y solo busca su propia seguridad acaba siendo un monstruo; de nada le sirve ganar todo el mundo si no se abre a esa Presencia de amor que le constituye y garantiza su crecimiento en humanidad.

El “yo” busca consistencia

Con los rápidos y profundos cambios culturales en las últimas décadas, los seres humanos quedamos al aire, nos vemos puestos en manos de nuestra propia decisión y lógicamente nos preguntarnos por nuestra identidad. Un desvalimiento experimentado con más premura en una sociedad como la española: en tiempos pasados la oficialidad católica podía servir de cobertura para seguir en la rutina de los cumplimientos religiosos sin hacernos ese interrogante. Pero en una sociedad laica, donde incluso tener o no tener una religión exigirá una opción persona libre, tener clara la propia identidad parece cuestión ineludible. Nuestro, para andar perdido a la que sale, necesita un fundamento firme que dé sentido a su existencia y anime todos sus pasos.  

En la historia de la modernidad hemos tenido varias propuestas. Una vez que el individuo salió de anonimato al que le sometían los órdenes sociales del feudalismo, la razón pasó a primer plano: “pienso, luego existo”; según los pensadores ilustrados, logramos ser nosotros mismos cuando somos capaces de pensar y decidir por nuestra cuenta, como mayores de edad. Más tarde afloró el reclamo de la afectividad que desborda nuestros razonamientos, y se concluyó: existo como persona en la medida en que amo, soy amado y gusto sensaciones fuertes. En una cultura macada por la ideología economicista y por la lógica de mercado, ya en la práctica emerge otro criterio valorativo: soy persona respetable si gano dinero, compro y consumo.

Secularización significa el proceso de la sociedad moderna que se organiza y funciona sin la tutela de la religión, en nuestro caso de la religión cristiana. La sociedad española entró de golpe y sin la necesaria digestión en este proceso. La indiferencia religiosa masiva es notoria, y las personas se van configurando según la ideología y la jerarquía de valores de la cultura reinante. Una cultura que ya en 1995 denunció el escritor J. Saramago en el “Ensayo sobre la ceguera”, novela breve pero muy significativa Los ciegos de la novela no sufren deterioro orgánico en sus ojos, pero tienen una ceguera “blanca”, como si estuviesen sumergidos en un mar de leche, y no ven la realidad que tienen delante. Hoy la cultura nos instala en la superficialidad.  Lo dice así el autor en una entrevista: “la pérdida de visión es de alguna manera la pérdida de la razón que construye. Si toda una sociedad se vuelve ciega en este sentido. Si olvida la solidaridad, el deber, el respeto, se convierte en una especie de nido de serpientes”.

Sin embargo, va despertando una insatisfacción de los ciudadanos que más o menos conscientemente reclaman humanismo, que la persona humana   sea centro.  Este reclamo se percibe ya en el éxodo, más o menos explícito, incluso de bautizados que abandonan o relativizan la enseñanza oficial de la Iglesia y las prácticas religiosas porque las consideran silenciadoras o sofocantes para la subjetividad. En algunas corrientes humanistas la preocupación de que la persona humana sea centro ha llevado a eliminar como amenazante cualquier referencia o tutela de Dios y de la religión.

Estos reclamos apenas tienen eco en un sistema cuya ideología o interés primero no es la dignidad de todas las personas sino sacar el máximo beneficio económico utilizando irreverentemente a las personas. En el proceso de mundialización esa ideología es desastrosa pues fomenta la injusticia social y genera la escandalosa pobreza. Por otro lado, la pretensión de abrir camino al humanismo desmontando normativas religiosas o éticas, tampoco está dando resultado. Dentro de los países económicamente más desahogados, para las nuevas generaciones han caído todas las prohibiciones sociales o religiosas; si tienen dinero pueden organizar su vida en la diversión y a su antojo.  Pero vivir a rienda suelta no soluciona sin más ese conflicto que llevamos dentro los humanos:  un anhelo de amor sin sombras y un egocentrismo que hace imposible satisfacer ese anhelo. La multiplicación de momentos divertidos y de placer acaban apenas llegan; no agotan nuestro deseo de felicidad. Hace unos años el neurólogo Víctor Frankl ya denunció a crisis de sentido.  El ser humano actual en el deslumbrante progreso técnico, no encuentra un puerto seguro donde amarrar su barca; no ve una referencia firme donde inscribir sus éxitos y fracasos, sus alegría y tristeza. Injusticias sociales, imperialismos voraces, violencia y guerras, tantos pobres ofendidos y masacrados cierran las puertas para mirar confiadamente al porvenir.

¿Humanismo sin Dios?

Tomás de Aquino abrió las puertas a la modernidad, afirmando la dignidad singular de la persona humana que, dentro del mundo, es medida de todas las cosas. Pero la centralidad de la persona humana se fundamenta en una Presencia de amor que la origina y constituye. Como imagen del Creador, si rompe con esa presencia se destruye.

El humanismo de mundo moderno ya es proclamado en el “Discurso sobre la dignidad del hombre”, 1486, redactado por G. Pico della Mirandola: Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescritas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas”.

Enel s. XVI Francisco de Vitoria, Erasmo de Roterdam y Martín Lutero fueron tres notables humanistas, cada uno con su peculiaridad, que contaban con esa realidad fundante que llamamos Dios.

Es innegable la intención humanista del pensador R. Descartes en el s. XVII, donde la subjetividad desplaza ya la presencia de Dios.  En el s. XVIII M. Kant, filosofo de la Ilustración propone la necesidad de que la persona sea fin y no medio utilizado; y para ello que todos los humanos lleguen a su mayoría de edad siendo capaces de pensar y decidir por sí mismos. La existencia de Dios, aunque por razones prácticas se admita, no es racionalmente demostrable. En el mismo siglo el filósofo Hegel con su teoría del espíritu absoluto alienado en el proceso de la historia intentó salvaguardar la consistencia de lo humano como inserto en ese dinamismo impulsado por e espíritu.  Pero ya en el s. XIX la izquierda hegeliana -Feuerbach Nietzsche y Marx –con una preocupación humanista, creyeron necesario eliminar a Dios y a la religión.  Y es significativo que ya en el s. XX con esa misma preocupación humanista Paul Sartre de un paso más: “El existencialismo no es un ateísmo en el sentido que quedaría agotado con demostrar que Dios no existe. Aunque Dios no existiese no cambiaría nada. No es que creamos que Dios existe, sino que pensamos que el problema no es el de su existencia. Es necesario que el hombre se encuentre a sí mismo y se convenza de que nada puede salvarle de él mismo, ni siquiera una prueba válida de la existencia de Dios”.

Quiere decir que hay n el fondo una imagen de Dios, contrario y rival del ser humano. Una visión que nada tiene que ver con el “Abba”, presencia de amor que continua y gratuitamente se está dando. Ya en 1969 significativo teólogo E. Schillebeeckx comentó: “el ateísmo no es muchas veces más que la negación de una falsa imagen de Dios, al mismo tiempo que la condenación de un cristianismo ilígici consigo mismo” En el informe Foessa” 1975 se constata: “muchos españoles se confiesan ateos porque rechazan un falso concepto de Dios distinto del Evangelio; han visto que esa imagen ha sido manipulada y ha venido a ser obstáculo de liberación económica, social e individual del hombre”

Hacia un nuevo humanismo.

Según la fe cristiana, en la encarnación no se aminora la psicología, la libertad y autonomía de Jesús, sino que se promueven. Su apertura libre y total a esa Presencia de amor que es el “Abba” no fue una vida de esclavo sino de hijo que se mueve dentro de su propia casa. La encarnación continúa de algún nodo en toda persona humana, cuya consistencia y dignidad tiene su fundamento en esa Presencia de amor que continuamente la origina y sostiene. Según esta fe o experiencia cristiana bien podemos decir: “soy amado, luego existo”. Cada persona humana está surgiendo de Ese misterio que llamamos Dios y que según la fe cristiana es Presencia de amor que nunca nos abandona. El Evangelio inspira ese profundo estupor ante la dignidad inviolable de toda persona humana.

Esa visión cristiana de la persona da confianza en nuestra propia vida. Si Dios está con nosotros, si caminamos en una Presencia de amor que gratuitamente nos fundamenta y sostiene ¿quién o qué podrá con nosotros? Y también nos da nuevos ojos para mirar al otro con amor. Tomás de Aquino se pregunta si podemos amar al otro por sí mismo; y responde afirmativamente porque ya está habitado por esa Presencia de Dios. Nuestros derechos humanos tienen algo de divino.

En esta fe o experiencia cristiana, ese misterio que llamamos Dios no aminora ni elimina la consistencia y la dignidad del “yo” humano, sino que es fundamento y razón última de nuestro ser y de nuestra existencia. Si humanistas modernos para defender la centralidad y autonomía de la persona humana creen necesario eliminar a Dios y la religión cristiana, tiene que haber algún equivoco lamentable sobre la divinidad. El Vaticano II sugirió que la práctica religiosa de algunos cristianos puede dar pie para la percepción falseada de la divinidad que rechazan los mismos ateos: “En la génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (GS 19). Observación de gran actualidad para un cristiano reducido a cumplimientos religiosos, a una moral de miedo y esclavitud, a una inserción individualista en la organización social, obsesionados por nuestra seguridad sin preocuparnos de qué será de los otros desvalidos e indefensos.

El   7 de diciembre de 1965 Pablo VI en la clausura del Concilio plantea bien las bases de nuevo humanismo desde la fe o experiencia cristiana tres pasos:

“La iglesia del Concilio, sí, se ha ocupado mucho además de si misma y de la relación que la une con Dios, del hombre tal cual en realidad hoy se presenta”. Y se refiere al humanismo que busca la centralidad de la persona humana, descartando a Dios y a la religión: “El hombre no solo se hace centro de todo su interés, sino que se atreve a llamarse principio y razón de toda realidad…; el hombre, super-hombre de ayer y de hoy, y por lo mismo frágil, falso, egoísta y feroz…; el humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente en toda su

En el siglo pasado y en éste, se han visto y estamos viendo los desastres generados por este “super-hombre” en el nazismo, comunismo y en el neoliberalismo. Se impone la ley del más fuerte porque los humanos, aparcando su condición de criaturas, pretenden ser absolutos como si fueran dioses. Son las consecuencias de un humanismo idealista que aparenta ignorar la debilidad de la condición humana.

“La religión de Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión –porque tal es- de hombre que se hace Dios”. El anhelo de más humanidad en que todas las personas sean fin y no medio queda burlado por personas, grupos o pueblos contaminados por la pretensión de ser absolutos y que actúan como si fueran una divinidad intocable.

“¿Qué ha sucedido? ¿un choque, una lucha, una condenación? Podría haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una inmensa simpatía lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas- y son tanto mayores cuando más grande se hace el hijo de la tierra- ha absorbido la atención de nuestro sínodo”. La Iglesia es parte de mundo, camina en e mismo barco que la familia humana. No caben desprecios y condenas sin más por deformaciones y deficiencias que también sufrimos los cristianos.

“Vosotros humanistas modernos, que renuncias a la trascendencia de las cosas supremas, concederle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo. También nosotros, y más que nadie, somos promotores del hombre”.

En la filosofía moderna con preocupación humanista tiene fácil audiencia el imperativo formulado por M. Kant moderna:  la persona humana “es un fin en sí misma, no un medio para usos de otros individuos, lo que lo convertiría en una cosa”. Pero ¿dónde está a base o razón de ese imperativo? En la encarnación la humanidad es afirmada y sostenida por una Presencia gratuita de amor. Esa Presencia fundamenta y garantiza su dignidad que mantiene y perfecciona no imponiéndose a los demás por el poder que domina, sino sirviendo a todos como amor que gratuitamente se da. Es el nuevo humanismo de Jesucristo, expresión de Dios encarnado y promoviendo a la humanidad desde dentro de ella misma.