Ir al contenido principal

NO HAY NADA QUE TEMER

NO HAY NADA QUE TEMER
Evangelio: Jn 14,15-21- Domingo 6º de resurrección

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.

No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Para meditar:

He leído y recomendado muchas veces el breve y sugerente libro de E. Fromm, “El arte de amar”. Sus finas observaciones y sugerencias para cuidar y mantener viva la relación de amor, siguen siendo muy valiosas.  Pero cuestión previa es qué entendemos por amor.  Hablando a los primeros cristianos San Pablo recomienda: “sed imitadores de Dios y vivid en el amor”. Pero ¿cómo ama Dios?

Como un rayo de luz en una de sus cartas San Juan dice: “Dios es amor”. No existe y luego ama; su condición o esencia es amar. Así lo experimentó Jesús de Nazaret. Y el evangelista emplea la palabra griega “Agape” que significa un amor gratuito. Dios ama sin discriminación a todos (no solo a los cristianos); no porque seamos buenos, sino como necesaria expresión de esa Presencia de amor que gratuita y continuamente se está dando como vida y aliento en todos y en todo.

El estilo de amar encarnado en la conducta de Jesucristo, radica en la intimidad o sintonía profunda con el “Abba”. Y recomienda a sus discípulos: “amad como yo os amo”. Amar como Dios nos ama significa que el amor humano responde a una experiencia mística (contacto espiritual) que solo mantiene su verdad si se sale del egocentrismo instintivo.

Jesús de Nazaret esperó y confió hasta el fin porque gustaba esa cercanía benevolente del Abba que nunca nos abandona. En ese amor gustado e inabarcable se apoya la esperanza cristiana.

Hay en la vida golpes muy duros en los que la esperanza se nos muere entre las manos. Uno se cansa de luchar, no tiene nada fácil mirar confiadamente al porvenir y no es fácil dar razón de la esperanza. En esos momentos críticos, si miramos hacia nuestro interior y no nos cerramos al dolor, seremos capaces de advertir una lucecita al fondo… es el Espíritu que nos prometió Jesús, que habita en nosotros... Y ahí está, discreto, sin molestar... pero siempre, siempre a nuestro lado… no hay nada que temer.

Jesús Espeja con el Grupo DL